16 de abril de 2010

Yo tenía diez años...

Yo tenía diez años e Irma Fernández Vela vivía en el doscientos tres. Salía en la radio. Irma, no yo, pero era como si una parte de mí y de todos los que vivíamos ahí también lo hiciera. A las cinco en punto de la tarde se encendían todos los radios, que en total sumaban ocho, pero en esos ocho radios se reunían niños y adultos a escucharla; las puertas se quedaban abiertas, algunas con su cortina, aunque la mayoría la corría para ventilar los cuartos de pronto atestados. En “Nuestra voz y sentimiento” había un desfile de cantantes aficionados, todos pasaban por una selección rigurosa y según el jurado y los votos de los radioescuchas se quedaban o no a seguir participando por el gran premio de la W. Eso se explicaba cada martes, al inicio del programa, entre anuncios de detergentes, cremas y pantimedias. Irma tenía seis semanas cantando y haciendo la delicia de la vecindad al sabernos parte del medio artístico.

Yo atendía la tabaquería de mi padre, justo en la esquina a dos zaguanes de la vecindad de Jesús María. No estaba solo, no alcanzaba aún las repisas más altas, pero generalmente Lucio, el empleado que mi padre contrató para atenderla mientras él trabajaba por turnos en Luz y Fuerza, estaba en el puesto de periódicos en la acera de enfrente… con María, una mujer vulgar (decía mi madre), que reía a carcajadas y abrazaba en la contorsión a Lucio haciéndole la tarde con cada roce. Ahí teníamos radio, y no sólo eso, teníamos también dulces de anís, Delaware Punch y galletas saladas. Yo no podía tener mejor trabajo: aunque por las mañanas iba a la escuela, por la tarde la tabaquería era mi pase inmediato al mundo de los adultos, decidía qué escuchar, comía todo lo que podía y de vez en cuando encendía un cigarro sin que Lucio pudiera decir nada pues yo me callaba todas sus ausencias.

Así llegaban los martes, cada martes después del programa Irma se detenía, compraba una cajetilla de cigarros Raleigh, un Almon-Rís, una veladora y empezaba la descripción de lo sucedido. Claro que no me lo contaba a mí, pero yo estaba ahí para escucharlo. Bastaba con que cualquiera de los vecinos, o Lucio si de casualidad estaba en la tienda, la volteara a ver para que ella relatara con lujo de detalle la interpretación del pianista, los nervios de los demás concursantes, al Sr. Ibarra (el locutor que tenía la magia para mantenerte en suspenso mientras el jurado deliberaba) y sobre todo, y eso le encantaba contarlo, cómo ella iba perdiendo la voz al tiempo que llegaba su turno, cómo los zapatos le pesaban como toneles a cada paso hacia la tarima, cómo el micrófono le quedaba de pronto muy alto o muy bajo, cómo el piano tocaba un tono más arriba la canción que había pedido y su voz se descomponía por el esfuerzo y de último momento, siempre a último momento, el recuerdo de todos nosotros escuchándola le hacía cantar como Dios lo había querido.

Irma ganó el gran premio de la W. Viajó a Acapulco un fin de semana con su prima y Don Pedro Vargas en persona le entregó un trofeo que ella tenía en la repisa de la sala, sobre una carpetita tejida a gancho que alguna vecina le hizo especialmente y al lado de dos palomitas de yeso que daban cierta simetría al altar. Ella siguió cantando en distintos programas, en algunos centros nocturnos después. De día seguía trabajando en la tienda de telas, a dos calles de Niño Perdido, pero ya no regresaba por la tarde, cerrábamos la tabaquería (Lucio bajaba la cortina con los ganchos, yo nunca lo logré) y yo me iba a casa a merendar y a hacer la tarea. Mi madre decía que la fama la había perdido, entre las señoras comentaban que a veces no llegaba a dormir a su cuarto, que no era siempre el mismo coche el que la traía cuando llegaba. Pasó de ser el orgullo a ser la principal fuente de chismes de la vecindad y yo quería salvarla. La boca se me ponía amarga y los ojos nublados cuando escuchaba comentar que se había descarriado; ¡ella había cantado para nosotros! a ella Dios le daba fuerzas para hacernos felices a todos ¡y le pagaban con chismes!

Un día me decidí a esperarla. Cerré la tabaquería, llegué a mi casa, merendé e hice la tarea igual que siempre, pero al irme a dormir dejé entreabierta la puerta, como hacíamos en las noches en que el calor era excesivo, y así, sin zapatos para no hacer ruido, salí y me senté en las escaleras que daban al patio para esperar a que llegara. Tenía que pasar por ahí y estaba seguro que me reconocería. Yo no tenía más plan que avisarle, decirle que no se preocupara más por nosotros, que cantara para ella, que no la merecíamos y hacía bien en no regresar a diario. Mi plan era sencillo, era el plan de un niño que empezaba a querer sin saber bien qué le pasaba.

Llegó un coche, se estacionó frente al zaguán y un tipo en mangas de camisa y corbata floja abrió la puerta del copiloto, bajo Irma, con su vestido crema y unos zapatos color café que casi hacían juego con su bolsa, al bajar apoyó todo su cuerpo contra el conductor y una oleada de incomodidad se apoderó de mi. Yo no sabía que eran celos, yo no entendí que era rabia. Reían y gritaban algo que yo no alcanzaba a entender a la distancia, comencé a preocuparme de que el ruido despertara a mis padres y me encontraran en la escalera de madrugada, presentía una cantidad incierta de cinturonazos y gritos que se aproximaban así que decidí bajar perdiéndolos de vista hasta que abrí la puerta.

Ese día se estrenaron mis puños. El tipo del coche apretaba a Irma hacia él mientras la besaba, pasaba una de sus manos por el cabello y con la otra le buscaba los pechos. Irma forcejeaba sin apartar la boca, pero las manos se agitaban como pidiendo ayuda. Incluso el ruido de su boca era una queja, un sonido que yo asocié de inmediato con dolor, con sufrimiento. No escucharon la puerta que se abría, no me vieron bajar en calcetines, notaron mi presencia cuando tiré el primer golpe, certero, como Lucio me había enseñado de seis a siete, cuando el puesto de María ya había cerrado: pegué en los riñones, una, dos, tres veces…y entonces volé contra el coche. Pegó mi oreja contra la manija y la sentí arder, mucho muy caliente, quizá porque todo lo demás de mí estaba helado, incluso las lágrimas que me empapaban la cara. Irma gritó. Rubén (porque así lo llamó cuando lo insultó y se agachó a ayudarme) dijo algo que yo no escuché o no pude escuchar, perdido entre el cabello ondulado de Irma y el sonido de los mocos que sorbía intentando frenar el llanto, y luego subió al coche. Ella me tomó de la mano y por el espejo retrovisor alcancé a ver los ojos de Rubén, fijos en mí, que con diez años, en calcetines y con una oreja sangrando, le había arrebatado a su estrella.

5 comentarios:

mariposasalvuelo dijo...

Increíble como se te da también y tan bien, la narración. Me gustó mucho. Soy tu seguidora aquí, allá y acuyá jejje. Ojalá y te asomes también a mi blog. Recuperaste el sueño perdido? Espero que sí... saludos.

Jacqueline Mireya dijo...

Sigue escribiendo...

Danke schön!

Lidocaína dijo...

Muy buen relato. Me puede fascinar la forma en que escribe y expresa todo lo que la boca calla. Me daclaro su fan y espero algún día poder verle en vivo. Tengo posteados en mi blog algunos de sus poemas que son mis favoritos... Espero no le moleste. Un saludo y un beso.

Lapsus Lingua dijo...

¡Edel!..

Un gustazo, volver a reencontrar, a este querido comehigos. Un placer, leerte, compartir tu arte, saber de ti

Un beso enorme, desde Montevideo, Uruguay.

PS: Eso de no querer los gatos, con lo bonititos que son...¡Hábrase visto!.

Ana Lucas

Anónimo dijo...

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